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CAPITULO 3 La Negación No te escribí, pero TE ESCRIBÍ... Porque admitir que te habías ido parecía imposible. Cada parte de mi ser se aferraba a la idea de que esto no podía estar sucediendo, de que aún había un "nosotros" esperándome al final de este mal sueño. La negación no es solo una reacción; es un refugio, un lugar donde esconderse cuando la realidad se siente insoportable. Las primeras mañanas después de tu partida eran las más confusas. Abría los ojos y, por un breve momento, el mundo parecía igual. Mi mente, aún adormecida por el sueño, buscaba la normalidad. Me giraba en la cama esperando encontrarte, como si tu ausencia fuera solo una anomalía pasajera. Pero entonces, la verdad se filtraba lentamente, como una niebla oscura que me envolvía, recordándome que ya no estabas. "Esto no puede ser real", me repetía una y otra vez. Rechazaba la idea de que algo tan significativo pudiera terminar así. Era como si mi mente estuviera protegiéndome, creando un muro entre mi corazón y la verdad, porque sabía que enfrentarla sería demasiado doloroso. No podía aceptar que la última vez que te vi, la última conversación que tuvimos, había sido realmente el final. Buscaba señales, cualquier indicio de que tal vez todavía había una posibilidad. Revisaba mi teléfono compulsivamente, esperando un mensaje, una llamada, algo que me dijera que habías cambiado de opinión. Cada vez que sonaba una notificación, mi corazón se aceleraba con una esperanza irracional, solo para desplomarse al darme cuenta de que no era lo que esperaba. Mi mente también jugaba trucos crueles. Había momentos en los que juraba escuchar tu risa en medio de la multitud o sentir tu presencia en un lugar que solíamos visitar. Me encontraba caminando por calles familiares, esperando verte aparecer por casualidad, como si el destino pudiera unirnos de nuevo. Era un autoengaño consciente, pero en esos momentos, parecía ser la única forma de seguir adelante. La negación también se manifestaba en cómo me contaba nuestra historia. En lugar de recordar los problemas, me aferraba a los momentos felices, idealizándolos hasta el punto de convertirlos en algo que nunca fueron. Me convencía de que si solo pudiera retroceder el tiempo, de alguna manera podríamos haber evitado todo esto. "Si hubiera dicho esto, si hubiera hecho aquello...", pensaba constantemente, como si el peso de la relación hubiera recaído completamente en mí. Había noches en las que imaginaba escenarios imposibles, reconstruyendo nuestra relación en mi mente, cambiando el final una y otra vez. Era una forma de escapar del dolor, de fingir por un instante que todo estaba bien. Pero esas fantasías solo duraban hasta que la realidad volvía a golpear, dejándome más vacío que antes. La negación también tenía un lado oscuro. Me aislaba de quienes intentaban ayudarme, porque no quería escuchar sus verdades incómodas. Cada vez que alguien decía "es mejor así" o "todo sucede por una razón", sentía un enojo irracional. No quería que me consolaran, porque aceptar su ayuda significaba aceptar que esto era real, y no estaba listo para eso. Había momentos en los que casi lograba convencerme de que esto era temporal, de que eventualmente volverías. Me decía a mí mismo que era solo una pausa, que ambos necesitábamos espacio para pensar. Esta ilusión me daba una falsa sensación de control, una esperanza que, aunque frágil, era lo único que me mantenía de pie. Pero la negación no puede durar para siempre. Poco a poco, la realidad comienza a infiltrarse, incluso en los refugios más fortificados. Había días en los que la verdad era ineludible, momentos en los que el peso de tu ausencia se hacía imposible de ignorar. Era como si la niebla comenzara a disiparse, revelando un paisaje devastado que no quería ver. A medida que esos momentos de claridad se volvían más frecuentes, empecé a darme cuenta de que aferrarme a la negación solo prolongaba el dolor. Admitir que te habías ido no significaba que te olvidaría ni que lo que compartimos había sido en vano.
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