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A veces, me encontraba buscando algo, cualquier cosa, que pudiera aliviar el peso en mi pecho. Caminaba sin rumbo, con la esperanza de que el movimiento físico pudiera calmar el tumulto interno. Pero incluso en esos momentos, la tristeza me seguía, recordándome que no hay escape fácil. Intenté llenar los espacios vacíos con cualquier cosa. Salir, escuchar música, hablar con alguien, mirar una película, distraerme con cualquier actividad. Hubo momentos en los que incluso podía reír y sentirme bien durante un rato. Pero después regresaba a casa y volvía ese silencio. Y entonces comprendía que distraerse no era lo mismo que sanar. Podía alejar mis pensamientos durante unas horas, pero tarde o temprano tenía que sentarme frente a ellos. La tristeza tiene una forma peculiar de cambiar la percepción del tiempo. Los días parecían interminables, pero las semanas pasaban en un abrir y cerrar de ojos. Era como si mi mente estuviera atrapada en un bucle, reviviendo los mismos sentimientos una y otra vez, sin encontrar una salida. Había días que parecían durar una eternidad y otros que desaparecían sin que pudiera recordar qué había hecho durante ellos. El tiempo avanzaba, pero yo sentía que estaba caminando lentamente detrás de él. Todos me decían, aunque fuera indirectamente, que con el tiempo las cosas mejorarían. Yo quería creerlo. De verdad quería. Pero cuando estás dentro del dolor, "algún día" parece una palabra demasiado lejana. La tristeza no llega como un golpe, ni como una ráfaga; llega como una presencia constante que se instala en lo más profundo de tu ser. Es esa sensación de vacío que se siente en el pecho, como si te hubieran quitado algo esencial y no supieras cómo volver a encontrarlo. Intenté ignorarla, intenté resistirme, pero la tristeza es paciente y nunca se va hasta que la enfrentas. Y enfrentarla significaba aceptar algo que no quería aceptar: que estaba herido. Que me dolía. Que extrañaba. Que había cosas que todavía no comprendía. Durante mucho tiempo pensé que reconocer mi tristeza me hacía débil, pero después entendí que quizás era todo lo contrario. Se necesita mucho valor para mirar hacia dentro y decir: "sí, me duele". Se necesita valor para dejar de fingir que nada pasó y permitirte sentir aquello que llevas tanto tiempo escondiendo. Era difícil explicar la tristeza, porque no era solo una emoción; era como un filtro que cambiaba la forma en que veía el mundo. Las cosas que antes me llenaban de alegría ahora me dejaban indiferente. Las canciones que solíamos escuchar juntos ya no eran melodías; se habían convertido en recuerdos imborrables que resonaban en mi mente, como una canción triste que nunca termina. Incluso las cosas que amaba parecían diferentes. Una canción podía convertirse en un recuerdo. Una película podía recordarme una conversación. Una fecha podía cambiar completamente mi estado de ánimo. Era como si mi memoria hubiera decidido guardar tu presencia en todas partes. Y aunque algunas veces deseaba poder borrar esos recuerdos, también sabía que hacerlo significaría borrar una parte de mi propia historia. Había días en los que la tristeza me encontraba desprevenido. Podía estar caminando por la calle, haciendo algo tan cotidiano como comprar un café, y de repente sentía su peso. Era como si alguien hubiera abierto una puerta dentro de mí, permitiendo que los recuerdos y las emociones salieran sin control. En esos momentos, solo quería detenerme, cerrar los ojos y dejar que todo pasara, pero la tristeza no desaparecía tan fácilmente. Y lo más extraño era que podía estar teniendo un día completamente normal y, de repente, sentir que algo dentro de mí cambiaba. Nadie a mi alrededor lo notaba. La vida continuaba, los carros seguían pasando, las personas seguían hablando y yo seguía caminando. Pero dentro de mí acababa de comenzar una batalla silenciosa. Una de esas que nadie puede ver y que, precisamente por eso, pueden sentirse todavía más solitarias.
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