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Significaba aceptar que tu capítulo en mi vida había terminado, y aunque eso dolía profundamente, también era el primer paso hacia mi propia sanación. A veces me preguntaba si era yo quien no sabía soltar, o si simplemente el amor que sentía era demasiado grande como para aceptar un final tan silencioso, tan abrupto. Era como si me hubiera quedado a mitad de una conversación que jamás terminó, atrapado entre lo que fuimos y lo que ya no éramos. Me decía que quizás todo era parte de una prueba, de un ciclo inevitable que teníamos que atravesar. Que eventualmente volverías, como quien se aleja solo para entender cuánto extraña lo que dejó atrás. Y mientras tanto… yo me quedaba ahí, esperando, sin saber si el tiempo te traería de vuelta o solo se encargaría de borrarte más. Me aferraba a tus últimas palabras como si fueran las piezas de un rompecabezas que aún tenía sentido si lo miraba desde el ángulo correcto. Las analizaba una y otra vez, buscando en cada pausa una razón para no rendirme, una clave que me diera esperanza. Era como tratar de encontrar constelaciones en un cielo sin estrellas. Vivía entre líneas, entre silencios, entre mensajes que ya no llegaban, como si al descifrar lo invisible pudiera traerte de vuelta. Pero todo era agotador. Y aun así, me aferraba a eso, porque negar tu ausencia era menos doloroso que asumirla por completo. Me volví experto en mentirme, en crear una versión de mí que parecía estar bien. Le decía a los demás que todo era cuestión de tiempo, que entendía tu decisión, que lo estaba manejando con madurez… cuando en realidad, cada día sentía que me rompía un poco más por dentro. Fingía calma con una sonrisa que ya no me creía ni yo, mientras en mi interior se acumulaban ruinas. Era como vivir sobre los escombros de lo que alguna vez fui contigo, sin saber cómo reconstruirme sin ti. También había momentos de enojo. Me enojaba contigo por irte sin una despedida justa, conmigo por no saber retenerte, con la vida por ponerte en mi camino solo para quitarte después. Era una rabia silenciosa, disfrazada de frialdad, que usaba como escudo para no llorar más. Porque a veces, negar no era tristeza: era furia contenida, era miedo disfrazado de orgullo, era otra manera de no colapsar. Otra manera de no volver a tocar el fondo del que me costaba salir cada día. Algunas noches, cuando el mundo dormía y el silencio era absoluto, me encontraba hablándote en voz baja. Le decía al vacío todo lo que me dolía, todo lo que nunca me atreví a confesar cuando aún estabas. Era absurdo, lo sabía. Pero en esos momentos, sentir que tu sombra me escuchaba era mejor que sentir que ya no quedaba nada. Era una forma torpe, pero humana, de no perder el lazo que aún sentía atado a ti. Me preguntaba si tú también me extrañabas. Si en medio de tu rutina, alguna canción, algún olor o alguna calle te recordaban a mí. Quería creer que sí. Que había días en los que tu pecho se apretaba con mi recuerdo. Porque esa ilusión era lo único que me mantenía en pie, como si lo nuestro aún viviera en una dimensión invisible, donde seguíamos siendo sin que nadie lo supiera. La negación se volvió rutina. Me levantaba, hacía lo que debía, sonreía, hablaba con naturalidad… y nadie notaba el abismo que llevaba dentro. Aprendí a disimular tan bien que incluso me asustaba. Pero cuando caía la noche y el mundo callaba, la verdad volvía a visitarme, sin filtros, sin tregua. Me recordaba que estabas lejos, que te habías ido, que tal vez no habría vuelta. A veces me inventaba escenarios. Fantaseaba con verte de nuevo, con que te acercaras como si el tiempo no hubiese pasado. Me imaginaba tus palabras, tus ojos, tus manos. Inventaba historias donde todo se resolvía, donde volvíamos a comenzar. Me dormía abrazado a esas ficciones como un niño que abraza un peluche viejo. Y aunque al despertar todo se deshacía, durante un instante… me hacían sentir que aún estabas conmigo.
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